La escalada del conflicto en Oriente Medio ha abierto una nueva fase de incertidumbre para el sector tecnológico global. Pero más allá del impacto inmediato sobre el crecimiento o la inversión, el foco empieza a desplazarse hacia una cuestión más profunda. Según explica Stephen Minton, vicepresidente de Data & Analytics en IDC, “la cuestión central para los líderes tecnológicos no es si habrá impactos, sino cuál será su profundidad, duración y consecuencias derivadas”.
Este cambio de enfoque marca una diferencia respecto a las primeras consideraciones de la consultora al inicio del conflicto, centradas principalmente en su impacto a corto plazo. Ahora, el análisis incorpora efectos de segundo orden que podrían alterar de forma más profunda el comportamiento del mercado tecnológico global.
En ese contexto, Minton señala que “nuestras hipótesis de partida siguen siendo que el conflicto se mantendrá contenido durante semanas”. ese escenario, el crecimiento del gasto global en tecnología se mantendría cerca del 10 % en 2026, con disrupciones limitadas y sin cambios significativos en los planes de inversión de las grandes empresas.
Sin embargo, el propio directivo advierte de que el riesgo a la baja está aumentando. Un conflicto que se prolongue durante varios meses podría recortar el crecimiento del mercado tecnológico global en torno a un punto porcentual, con un impacto más acusado en regiones como Oriente Medio y África, donde el peso del gasto en dispositivos es mayor y más sensible al ciclo económico.
Más allá de esa cifra, lo relevante es el cambio de patrón: el ajuste no sería abrupto, sino progresivo, afectando primero a las decisiones más discrecionales.
El Estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del comercio energético global, se ha convertido en un punto especialmente sensible
El factor crítico: energía, inflación y condiciones financieras
IDC recuerda que el principal canal de transmisión hacia la economía digital sigue siendo la energía. La subida del petróleo y del gas no solo eleva los costes directos de operación, sino que activa un efecto dominó sobre el conjunto de la economía. “La volatilidad del petróleo se traslada rápidamente a las expectativas de inflación, a los costes operativos y, en última instancia, a la disponibilidad de capital”, explica Minton.
El impacto es especialmente relevante en un sector intensivo en energía. Centros de datos, fábricas de semiconductores, redes logísticas globales o infraestructuras de telecomunicaciones dependen de un suministro energético estable y a precios relativamente previsibles.
Pero el efecto más profundo es indirecto. Si la inflación energética se consolida, los bancos centrales podrían retrasar la bajada de tipos de interés, endureciendo las condiciones de financiación. En ese entorno, muchas empresas optarían por priorizar la liquidez y posponer inversiones tecnológicas menos críticas.
En palabras de Minton, el riesgo es “no un colapso brusco de la demanda, sino una desaceleración gradual del gasto discrecional y de los ciclos de renovación de dispositivos”.
Un punto crítico en el mapa: el Estrecho de Ormuz
El Estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del comercio energético global, se ha convertido en un punto especialmente sensible. Minton advierte de que “un bloqueo del Estrecho de Ormuz limitaría los volúmenes de exportación de petróleo del Golfo y restringiría los ingresos, incluso si los precios suben”.
Este escenario introduce una paradoja relevante: precios más altos no siempre se traducen en mayores ingresos si los volúmenes de exportación se ven afectados. Para las economías del Golfo, esto puede implicar una menor capacidad de financiar programas de inversión a gran escala, incluidos los tecnológicos.
Minton señala que este contexto tiene implicaciones directas sobre uno de los grandes motores de crecimiento tecnológico en la región: la inversión pública. Durante los últimos años, países de Oriente Medio han impulsado ambiciosos programas de digitalización, apoyados en fondos soberanos y en ingresos energéticos elevados. Sin embargo, un entorno de mayor incertidumbre podría obligar a revisar esos planes.
Más allá de la energía, el conflicto también introduce tensiones en las cadenas de suministro globales, especialmente relevantes para la industria tecnológica
El ajuste no sería homogéneo. Las economías con mayor capacidad financiera podrían mantener sus estrategias de transformación digital, mientras que otras tenderían a priorizar proyectos críticos frente a iniciativas más ambiciosas o de largo plazo.
Cadenas de suministro y semiconductores
Más allá de la energía, el conflicto también introduce tensiones en las cadenas de suministro globales, especialmente relevantes para la industria tecnológica. No hay que olvidar que la región desempeña un papel esencial como nodo logístico entre Europa, Asia y África. La inestabilidad podría provocar un aumento de los costes energéticos para la producción tecnológica, el encarecimiento del transporte y de los seguros logísticos, y retrasos en los suministros de componentes, lo que podría afectar tanto a la fabricación del hardware como al despliegue de infraestructuras digitales, añadiendo presión a los márgenes y a los calendarios de inversión.
El conflicto también podría trasladar presión a otro punto crítico del ecosistema tecnológico: los semiconductores. Según Minton, “la oferta de memoria ya era limitada a comienzos de 2026”, debido al auge de la demanda vinculada a la inteligencia artificial.
Una escalada prolongada podría intensificar esa tensión. Por un lado, por el aumento de la demanda en aplicaciones de defensa (desde sistemas autónomos hasta munición inteligente). Por otro, por la posibilidad de que los gobiernos intervengan para asegurar el suministro de componentes estratégicos.
El resultado sería un encarecimiento de tecnologías como DRAM o NAND, con impacto directo en centros de datos, almacenamiento empresarial e infraestructuras de IA.
Ciberseguridad, IA y cloud
En un entorno de incertidumbre, no todos los segmentos tecnológicos se comportan de la misma manera. Algunos, de hecho, tienden a reforzarse. El ejemplo más claro es la ciberseguridad. “Las organizaciones rara vez recortan los presupuestos de seguridad”, subraya Minton. En lugar de reducir el gasto, las empresas tienden a reforzar sus capacidades de detección, protección y respuesta.
Uno de los cambios más relevantes que introduce el conflicto tiene que ver con la percepción del riesgo en la infraestructura digital
La inteligencia artificial, por su parte, se sitúa en una posición intermedia. Por un lado, el aumento de costes y la presión financiera pueden ralentizar algunos proyectos. Por otro, su papel como herramienta de eficiencia la convierte en una inversión estratégica, especialmente en entornos inflacionarios. Además, Minton reconoce que el conflicto podría acelerar el desarrollo de infraestructuras de IA soberana, en línea con una tendencia creciente hacia la autonomía tecnológica.
Uno de los cambios más relevantes que introduce el conflicto tiene que ver con la percepción del riesgo en la infraestructura digital. Por primera vez, grandes regiones de nube operan en entornos de conflicto activo, lo que está obligando a replantear estrategias de despliegue.
Así las cosas, y según resalta IDC, la arquitectura multi-región y multi-zona deja de ser una recomendación técnica para convertirse en un requisito operativo. La resiliencia ya no es solo una cuestión de eficiencia, sino de continuidad de negocio. “El mercado tecnológico actual es estructuralmente diferente”, con un mayor peso de grandes proveedores cloud, modelos de suscripción y servicios distribuidos. Este cambio refuerza la capacidad de adaptación del sector, pero también incrementa la complejidad y los costes asociados a la resiliencia.
A diferencia de crisis anteriores, el sector tecnológico parte de una posición más sólida. La digitalización de la economía, el peso de los servicios y la centralidad de la inteligencia artificial amortiguan el impacto. Sin embargo, esto no implica inmunidad. En escenarios de conflicto prolongado (especialmente si se extiende entre seis y nueve meses) el impacto podría ser más significativo, con presión sobre el consumo, los mercados financieros y el ritmo de ejecución de proyectos tecnológicos a nivel global. “Este conflicto representa más que un evento geopolítico regional. Es una prueba de estrés de la economía digital”, concluye Minton.










