“Somos el socio tecnológico para la modernización de infraestructuras”. Así resume Diego Ríos, director general de SUSE en el sur de Europa, el momento actual de la compañía, fundada en 1992 en Alemania y ligada históricamente al Linux empresarial; una compañía que ha evolucionado desde su papel como proveedor de sistemas operativos hacia una propuesta más amplia centrada en plataformas abiertas para entornos híbridos, edge e inteligencia artificial.
“No buscamos clientes cautivos, sino clientes satisfechos”
Aunque reconoce que el Linux empresarial puede percibirse como un mercado maduro, insiste en que la situación es distinta: “puede parecer que es una commodity, pero estamos en una etapa de expansión y crecimiento”. Un crecimiento que, en su opinión, tiene que ver con cómo SUSE está ampliando su papel como base de infraestructura sobre la que se construyen nuevas capas tecnológicas.
Ríos explica que la infraestructura ya no se limita al centro de datos y que las organizaciones están operando en entornos cada vez más distribuidos, combinando cloud, edge e inteligencia artificial. En ese contexto, señala que SUSE ha ampliado su propuesta hacia plataformas de contenedores, soluciones para edge o entornos específicos como telco, con la idea de ofrecer una base común para todos esos escenarios.
En España, esa evolución se traduce en una presencia en distintos sectores que comparten una misma exigencia: fiabilidad. Menciona el sector público y la sanidad, donde “la soberanía digital es uno de los principales temas de conversación”; también banca y seguros, condicionados por la regulación, y sectores como industria, energía o telecomunicaciones, “donde el edge empieza a tener un papel más relevante”. A estos se suma el retail, con la necesidad de mantener coherencia entre entornos.
En paralelo, el papel del sistema operativo también cambia. “Se convierte en el plano de control de confianza sobre el que se asienta todo”, explica el directivo. Es decir, deja de ser una capa visible para convertirse en una base sobre la que se apoyan contenedores, plataformas y servicios. Algo que se refleja en lo que demandan los clientes quienes, según Diego Ríos, no buscan únicamente una distribución Linux, sino una base sobre la que operar con garantías; “piden menos una distribución Linux y más una plataforma en la que puedan confiar”, señala, en referencia a requisitos como certificaciones, integración con terceros o estabilidad en el ciclo de vida.
De sistema operativo a plataforma de infraestructura
El tipo de organizaciones que están apostando por este enfoque responde a un patrón bastante claro. “No pueden permitirse fallar”, resume Diego Ríos.
“Si alguien fuera de mi país aprieta un botón, ¿mi negocio seguiría funcionando?”
Por un lado, están las infraestructuras críticas y sectores regulados —banca, energía o telecomunicaciones— donde la prioridad es la estabilidad. Por otro, el sector público, donde la conversación está muy ligada a la soberanía digital. Y, en tercer lugar, organizaciones que están avanzando en modelos más distribuidos, especialmente en industria o retail, donde el edge empieza a tener peso.
En todos estos casos, Diego Ríos insiste en tres ideas: interoperabilidad, independencia y estabilidad. “No buscamos clientes cautivos, sino clientes satisfechos”, explica, añadiendo que esto implica permitir que las organizaciones decidan dónde ejecutar sus cargas y con qué tecnologías, sin depender de un único proveedor.
Ese planteamiento conecta con un cambio que se está viendo en el mercado: muchas empresas que apostaron por concentrar su infraestructura en un único proveedor están revisando ese modelo. “Se han dado cuenta de la necesidad de evitar la dependencia”, señala el directivo, recordando que el resultado es un mayor interés por entornos híbridos y multicloud, donde la interoperabilidad pasa a ser un requisito.
Infraestructura crítica, soberanía y control
En paralelo, la soberanía digital ha ganado peso en la toma de decisiones. Asegura Diego Ríos que el tema de la soberanía, “aparece en todas las conversaciones”, y que lo hace con una preocupación muy concreta: “si alguien fuera de mi país aprieta un botón, ¿mi negocio seguiría funcionando?”. Además, el concepto se está ampliando. No sólo importa dónde están los datos, sino también quién los gestiona y quién desarrolla la tecnología. Es lo que el directivo define como soberanía del dato, operativa y técnica.
“Las empresas ya no se conforman con que algo funcione, necesitan tener control sobre el software”
Ya no basta con que los sistemas funcionen; “las empresas ya no se conforman con que algo funcione, necesitan tener control sobre el software”, lo que implica contar con trazabilidad completa sobre los componentes que forman parte de cada aplicación. Tiene claro el directivo de SUSE que los clientes “buscan una cadena de confianza completa”, que permita conocer el origen del software y sus dependencias.
La presión regulatoria refuerza esta tendencia. Normativas como NIS2 o DORA están obligando a revisar infraestructuras y a prestar más atención a aspectos como la gestión de vulnerabilidades, los parches o la continuidad de negocio.
IA, edge y el reto de gestionar la complejidad
La inteligencia artificial está introduciendo nuevas exigencias en la infraestructura. Por un lado, en términos de rendimiento. “Hay que exprimir cada gota de la infraestructura”, explica Ríos, en referencia al uso de GPUs y aceleradores.
Pero también cambia dónde se ejecutan las aplicaciones. Cada vez más, fuera del centro de datos. En su opinión el edge “no tiene sentido en todos los ámbitos”, pero sí en sectores como telecomunicaciones, industria o energía.
“Vamos a pasar de gestionar servidores a gestionar políticas”
A esto se suma la dimensión de la seguridad. Ríos advierte del riesgo de que la inteligencia artificial se convierta en “una caja negra incontrolable”, lo que refuerza la necesidad de transparencia y control en la infraestructura.
Si se mira a medio plazo, el cambio más relevante estará en la forma de gestionar la tecnología. “Vamos a pasar de gestionar servidores a gestionar políticas”, anticipa. Es decir, una mayor automatización y una infraestructura más autónoma.
Este cambio se produce, además, en un contexto con limitaciones claras. El crecimiento de la inteligencia artificial está generando presión sobre el hardware y el consumo energético. “No hay hardware disponible”, reconoce, apuntando a una situación que ya se está viendo en Europa.
Un escenario que, en el fondo, vuelve a poner el foco en lo mismo que recorre toda la conversación: cómo gestionar la complejidad sin perder el control.










