La manera en la que las empresas interactúan con la IA ha cambiado. De hacer preguntas muy concretas, el foco se sitúa en este momento en llevar la IA a sus procesos, qué actividades pueden transformar y hasta qué punto pueden apoyarse en ella para tomar decisiones. El cambio también se está reflejando, según explica Montserrat Peñarroya-Farell, investigadora de La Salle-URL y directora de la consultora Quadrant Alfa, especializada en estrategia digital e inteligencia artificial aplicada a la empresa, en la formación que solicitan empresas e instituciones. España muestra avances importantes en formación. El 59 % de las organizaciones ya está formando a sus empleados en competencias relacionadas con IA y el 54 % ha puesto en marcha iniciativas de reskilling. Sin embargo, la distancia entre aprender a utilizar la tecnología y cambiar realmente la forma de trabajar sigue siendo amplia. A escala global, el 84% de las organizaciones todavía no ha rediseñado los puestos de trabajo ni los flujos operativos para integrar la inteligencia artificial. Esta brecha está modificando también las necesidades de formación. Las demostraciones de herramientas, los catálogos de aplicaciones o las listas de prompts pueden ser útiles para iniciar el aprendizaje, pero no bastan cuando la empresa quiere incorporar la IA a su actividad diaria. Montserrat Peñarroya-Farrel señala que las empresas necesitan saber en qué partes de su negocio la inteligencia artificial puede generar valor, con qué información debe trabajar, cómo se integra con sus procesos y qué criterios debe utilizar una persona para aceptar, cuestionar o descartar una recomendación generada por una IA.
¿Dónde está la siguiente frontera? En la toma de decisiones. Según el informe Global Human Capital Trends 2026 de Deloitte, el 60 % de los directivos utiliza ya de forma habitual la inteligencia artificial como apoyo a sus decisiones. Pero incorporar una IA a este proceso abre nuevas cuestiones. Las empresas tienen que determinar quién valida esa información, qué autonomía puede tener el sistema, quién responde de la decisión y cuándo debe prevalecer el criterio humano. “Estamos pasando de preguntar ¿cómo puedo hacer esto más rápido? a preguntar ¿cómo puedo decidir mejor? Problemas distintos. En el segundo caso ya no basta con enseñar una herramienta: hay que trabajar sobre el proceso de decisión”, afirma.
¿Qué puede acelerar este proceso? La expansión de los agentes de inteligencia artificial, sistemas capaces de ejecutar secuencias de tareas y actuar con grados crecientes de autonomía, obligando a las empresas a replantearse no solo qué tecnología utilizar, sino también cómo están organizadas.
Este escenario está cambiando también el significado de estar formado en IA. Saber utilizar herramientas seguirá siendo necesario, pero su conocimiento puede perder peso como elemento diferencial a medida que las nuevas funcionalidades se incorporen de forma natural al software empresarial. La ventaja estará cada vez más relacionada con la capacidad de entender dónde puede aportar valor la inteligencia artificial, cómo integrarla en un proceso y cómo utilizarla para mejorar una decisión. El siguiente paso será enseñar a diseñar mejores procesos, nuevas formas de trabajo y mejores decisiones con la ayuda de la IA.











