Cada verano, los incendios forestales vuelven a recordarnos hasta qué punto la prevención y el tiempo de respuesta es un factor determinante. Cuando se declara un incendio, unos minutos pueden marcar la diferencia entre un foco localizado y una emergencia de grandes dimensiones. Por eso, además de reforzar los medios destinados a la extinción, resulta cada vez más importante avanzar en nuestra capacidad para anticiparnos y detectar cuanto antes cualquier señal de riesgo.
En este sentido, la tecnología puede desempeñar un papel importante en este terreno. Durante los últimos años hemos visto cómo el Internet de las Cosas (IoT) ha extendido sus aplicaciones a prácticamente todas las industrias, y el sector medioambiental no debería ser una excepción. Hoy podemos desplegar sensores en bosques y zonas de difícil acceso, capaces de monitorizar de manera continua diferentes parámetros ambientales y proporcionar información que ayude a detectar situaciones anómalas y solucionarlas a tiempo.
Temperatura, humedad del suelo y del ambiente o determinadas condiciones meteorológicas pueden ser monitorizadas mediante dispositivos IoT distribuidos sobre el terreno. A ello se pueden sumar cámaras y otros sistemas de vigilancia que permiten ampliar la capacidad de observación en zonas extensas y, sobre todo, hacerlo de manera continua.
La ventaja es evidente: disponer de información en tiempo real permite pasar de una estrategia exclusivamente reactiva a otra con una mayor capacidad de anticipación. Los datos recopilados durante largos periodos también pueden ayudar a identificar patrones y zonas especialmente vulnerables, facilitando que los recursos disponibles se dirijan allí donde existe un mayor riesgo.
Sin embargo, existe una parte de esta tecnología de la que se habla mucho menos. Podemos disponer del sensor más avanzado y situarlo en el lugar adecuado, pero ¿qué ocurre si en el momento crítico no es capaz de transmitir la información?
Detectar no es suficiente: hay que comunicar
Un sistema de detección temprana depende de una cadena en la que todos los elementos deben funcionar. El dispositivo recoge el dato, pero ese dato tiene que viajar desde el punto en el que se encuentra el sensor hasta un centro de monitorización o una plataforma donde pueda ser analizado y convertido en una alerta.
Y hablamos, precisamente, de algunos de los entornos más complicados para garantizar las comunicaciones. Los bosques, montañas y espacios naturales pueden encontrarse alejados de los núcleos urbanos y presentar condiciones de cobertura muy diferentes. Además, los dispositivos pueden permanecer desplegados durante años y tienen que seguir enviando información sin necesidad de una intervención física constante.
Por este motivo, la conectividad no debería considerarse un elemento secundario dentro de este tipo de proyectos. Es parte de su funcionamiento. Si queremos utilizar el IoT como herramienta para la prevención y detección temprana de incendios, debemos garantizar también que los dispositivos permanezcan conectados y puedan transmitir sus datos de forma fiable cuando sea necesario.
La conectividad celular ofrece algunas características especialmente relevantes en este contexto. Su cobertura permite llevar las comunicaciones a zonas remotas sin necesidad de desplegar infraestructura fija hasta cada dispositivo y facilita que los datos viajen desde los sensores hacia los centros de monitorización o las plataformas en la nube.
Pero disponer de cobertura es solo una parte del problema. En aplicaciones relacionadas con la prevención de emergencias debemos hablar también de resiliencia. Un dispositivo desplegado sobre el terreno no debería depender, siempre que sea posible, de una única opción de conectividad. Poder acceder a diferentes redes y seleccionar aquella que ofrece mejores condiciones en cada momento aporta una capa adicional de disponibilidad especialmente valiosa cuando hablamos de sistemas que deben permanecer operativos de manera continua.
Miles de dispositivos que también hay que proteger y gestionar
A medida que aumenta la superficie monitorizada, aparece además otro desafío. No hablamos únicamente de conectar un sensor, sino potencialmente de gestionar cientos o miles de dispositivos distribuidos en amplias extensiones de terreno.
Desplazarse físicamente hasta cada uno de ellos para comprobar su funcionamiento, modificar una configuración o resolver una incidencia no siempre resulta viable. Por eso, tan importante como conectar los equipos es disponer de capacidad para supervisarlos y gestionarlos de forma remota.
La conectividad IoT permite conocer el estado de los dispositivos y actuar sobre ellos sin necesidad de desplazarse continuamente hasta su ubicación. Esto contribuye a simplificar su mantenimiento y, especialmente, a detectar posibles problemas antes de que comprometan el funcionamiento del sistema.
La seguridad tampoco puede quedar fuera de esta ecuación. Los datos que circulan entre los dispositivos y las plataformas de monitorización deben hacerlo de forma protegida. Medidas robustas de cifrado y autenticación permiten reforzar estas comunicaciones y reducir la exposición de una infraestructura que, por su propia naturaleza, se encuentra distribuida y opera de manera remota. También debería considerarse una herramienta de detección de anomalías mediante IA para analizar la red y avisar de cualquier comportamiento que se salga del patrón esperado, como accesos no autorizados a los equipos o picos de consumo de datos.
Tecnología para ganar tiempo
El IoT no va a evitar por sí solo los incendios forestales. Tampoco sustituye a la vigilancia, la prevención sobre el terreno, la gestión forestal o los medios humanos destinados a combatirlos. Pero sí puede convertirse en una herramienta adicional para disponer de más información y, sobre todo, disponer de ella antes.
Esa capacidad de anticipación es probablemente una de sus mayores aportaciones. Conocer en tiempo real lo que está ocurriendo en una zona forestal, detectar cambios relevantes y acumular información que permita identificar áreas de riesgo puede ayudar a tomar decisiones con mayor rapidez y dirigir mejor los recursos disponibles.
Desde Wireless Logic vemos cómo la conectividad IoT está permitiendo extender la monitorización a entornos cada vez más remotos y mantener comunicados dispositivos que deben permanecer operativos durante largos periodos de tiempo. La clave no está únicamente en desplegar más sensores, sino en garantizar que la información que generan pueda llegar de forma fiable cuando realmente se necesita.
Para conseguirlo, debemos empezar a contemplar estos sistemas como un conjunto. Sensores, cámaras, plataformas de análisis y comunicaciones forman parte de una misma infraestructura. De poco sirve generar información en mitad de un bosque si esa información no puede llegar de manera fiable hasta quien tiene que interpretarla y actuar.
En la prevención de incendios forestales cada minuto cuenta. La conectividad puede ayudarnos a ganar algunos de ellos. Nuestra responsabilidad es asegurarnos de que, cuando llegue el momento, permanezca conectada.
Ander Aguirrebeitia, experto IoT de Wireless Logic











